ALFONSO USSÍA
Felicidades, compadre


¿Cómo es posible aguantar el reto de esos pitones a los sesenta y cinco años, y convertir su amenaza en una obra de arte inigualable?


Se lo esperaba usted, compadre, se lo esperaba. En aquella cena que compartimos presidida por el duque de Lugo no se habló de nadie más que de don Francisco Romero, de quien usted es biógrafo elegido. Fue una cena currista, religiosa, expectante. El director de la sevillana edición de ABC, don Manuel Ramírez, estuvo cumbrero de sabiduría taurina. Y usted, compadre, se lo tenía guardado en la esperanza. Nos contó que pocos días antes había acompañado a don Francisco, no recuerdo el sitio. Toreaba en plaza cerrada, y tampoco me acuerdo bien si a un toro, a un novillo o una becerra. Lo mismo da, que era cosa de entrenarse. Como diría un afincado en Cataluña, era un "entreno", que no sé yo de donde se han sacado esa cursilería, porque entrenamiento en catalán es "enternament". Pero poco importa. Escribía que usted nos contó lo bien y a gusto que se encontró don Francisco, que toreó como los ángeles, y que al terminar la jornada, usted se acercó a él para felicitarle, y que don Francisco le comentó, como quitando importancia al hecho. -Esto, Antonio, es como montar en bicicleta. Cuando se aprende, no se olvida nunca-.

Pero claro, don Antonio. Usted nos contó el inmediato pasado. El futuro se lo tenía guardado en la esperanza, y se le notaba animado y feliz, pero no se atrevió a dar vaticinio alguno. De lo que no hay duda, es que ni usted, ni ninguno de los comensales de aquella cena sevillana, se podía imaginar un éxito tan hondo como el que obtuvo don Francisco, en la Real Maestranza de Sevilla, a sus sesenta y cinco años, con un toro -creo-, de don Juan Pedro Domecq. Usted estaba allí, mientras yo tuve que conformarme con verlo por Vía Digital. Me llegó la emoción, y se me pusieron de punta hasta los pelos que no tengo, y habría dado todo por estar en un tendido, pero ¿qué más da? Lo ví, lo sentí y lo disfruté hasta el fondo del alma. Pero usted, compadre, suertudo barbado, también lo olió, que la apoteosis tiene cinco sentidos. Faltaría más.

Y después, ¿qué? Espartaco estuvo muy bien, y también me alegré hasta las cachas. Un gran tipo y un gran torero. Mala suerte la suya, porque torear después de don Francisco, una tarde de brazo desmayado, pies atornillados y muñeca tonta, es una canallada. Hablaron ustedes de lo magnífica persona que es el de Espartinas, de su tesón, de su arte, de su coraje para superar un destino tremendo. La verdad es que esta gente es de otra pasta. Me comentaba una tarde Angel Luis Bienvenida -tan grande como hombre que como torero-, que lo más contradictorio y absurdo del público es su susto y advertencia cuando del toro cae una banderilla al ruedo, y el torero, sin fijarse, pasa sobre ella, o está a punto de pisarla. -¡Ayyyy!-, grita el gentío. Y se preguntaba Angel Luis.

-¿Tú crees que nos importa pisar la banderilla y clavárnosla con los dos pitones que tenemos enfrente?-

Y yo me pregunto: -¿Cómo es posible aguantar el reto de esos pitones a los sesenta y cinco años, y convertir su amenaza en una obra de arte inigualable? Usted sabe, compadre don Antonio Burgos, y lo sabe bien, que yo, a mis cincuenta años no soy capaz de cruzar una calle a la carrera sin sufrir un tirón muscular. Y que de hacerlo, y aunque no lo sufra, muy poquito arte tiene el asunto, con autobús acelerado incluido. Usted lo sabe porque me ha visto andar por la selva húmeda de la isla de Guadalupe, y la seca de Sabi-Sabi, y la helada de la Plaza Roja de Moscú, que también es selva de miseria y tristeza. Y yo también lo sé. Guardo una fotografía en la que usted, compadre, se agarra a una rama con el menor arte del mundo, mientras una mulatilla caribeña se despezona de la risa, viendo el espectáculo. Usted, el arte, sólo con la pluma. Yo también lo tengo en el trampolín. Que le cuente don Juan Carlos Villalta, el virrey de Lucena, la belleza de mi parábola aérea entre el trampolín de la piscina del Tenis de San Sebastián y la fría superficie del agua. Con un traje de baño color mandarina, para más arte, don Antonio. Allí, una mañana de agosto, en aquella piscina, mis primos Guillermo, Teresa y Macarena Alvarez Pickman me presentaron a don Francisco. Era por Semana Grande, y don Francisco no me hizo caso alguno, de lo que ningún rencor le guardo.

En fin, don Antonio, que me enorgullece mucho felicitarle, porque usted es un cardenal de la iglesia currista, y no le digo que Papa, porque el Sumo Pontífice de esa religión no es otro que don Francisco, su fundador. Desde Madrid, con más fuerza que la locomotora del AVE, le envío un abrazo emocionado y fuerte, que le ruego traslade al protagonista del prodigio. Pasada la Feria, cuando Sevilla vuelva a su sitio y los jacarandás estallen de azules, aceptaré de buen grado su invitación -espero que no lo haya olvidado-, a comer en Oriza con don Francisco, darle un requiebro en los cafés, pasarle la factura con el manguis de los langostinos y celebrar el recuerdo de la maravilla.

Del diez al quince de mayo, más o menos. Apúntelo en su agenda, compadre. Y que don Francisco haga lo mismo. Un abrazo y enhorabuena. *




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