LUIS GARCÍA CAVIEDES
La tauromaquia de Curro según él mismo


Curro Romero ha dicho en diferentes sitios palabras esclarecedoras sobre su concepción de la Tauromaquia. Merece la pena hacer un análisis, no demasiado pormenorizado para que no pierda la magia, de las mismas porque contienen un modo de pensar y actuar al que ha sido fiel desde sus inicios como aficionado. De su estudio -otra vez con Belmonte y su frase de "se torea como se es"- aparece una filosofía taurina que resulta, incluso para el no taurófilo, de lo más arrebatadora. Encierra la visión de alguien que ha conseguido traspasar el umbral del espacio de lo heroico para instalarse dentro del terreno inefable del misterio. Quien no vive como piensa termina pensando como vive. Curro Romero ha sido de los pocos y afortunados mortales que pueden decir que siempre han vivido según su pensamiento. Ahí encierra parte de todo su misterio. Sobre su concepción del toreo ha dicho:




Hay que hacer las cosas como le salen a uno.
Torear es usar la razón pero también la intuición


Es lo diametralmente opuesto a los toreros que mandan la faena por fax cuando el contrato. En la improvisación consciente se basa el uso de la razón. Su labor en cada segundo de los no muchos minutos que está en la cara del toro viene definida por tres premisas básicas: las condiciones del toro, la técnica -fruto de la inteligencia que facilita el hacer a cada toro lo que requiere en ese instante- y el estado anímico del sujeto.

Frente a los quehaceres acartonados con premeditación y mediocridad de los que traen pensado desde el hotel qué les van a hacer al toro, con lo que se puede ir cantando por adelantado el trtasteo, Curro Romero reclama la primacía de la inspiración y cada faena es un canto sublime al momento presente.




El toreo es como acariciar

Se ha especulado un montón, casi siempre por gente un tanto alejada del mundo taurino aunque intelectualmente adictas a la Fiesta, sobre la relación amorosa, poco más o menos de pareja, que toro y torero establecen. Curro no teoriza, lo expresa con sencillez sin dejar de tener en cuenta que algo hay de común entre ambos. Así al toro al que le puede hacer "lo suyo" es para Curro más un compañero que un enemigo. La caricia es un gesto que brota del afecto. Muestra el cariño hacia la res, permite la creación artística y, además posibilita la fidelidad a un sentimiento y a una concepción. Por narices que ha de chocar mucho semejante actitud con las patadas, desprecios, incluso cabezazos, con que algunos espadas tratan a los toros devaluando hasta lo grotesco la esencia misma del toro de lidia. Por desgracia la degradación comienza ya en demasiadas dehesas donde, por expreso imperativo del mercado taurino, le rebajan en exceso la casta.




Ay, tonta, que no quieres que te mime

Esta frase de Curro va del brazo con la que se comentó arriba. Es indicadora de la forma que Romero tiene de concebir la relación que se constituye entre ambos. Torear una res para Curro es mimarla, tratarla con delicadeza; y para ello nada mejor que hacer caricias. Por eso cada muletazo, frágil y consistente a la vez, expresa la cariñosidad del trato. Si una res no se deja mimar es ella la que pierde. Ni es materia prima sobre la que poder crear ni queda ennoblecida. No deja ningún tipo de rastro en la memoria.




Torear es convertir algo violento en algo bello

Su concepto es creativo cien por cien. Sabe bien por experiencia que la tauromaquia es una lucha a muerte entre la fuerza bruta del toro y la inteligencia del espada. Mas no entiende por qué ha de ser siempre así cuando el destino de ambos es entenderse y compenetrarse.

El toro así, se convierte en efímera materia prima sobre la que moldear una obra de arte. Con ello Romero pretende "convencer" al toro de que se dejen de querellas para metamorfosear la pelea en colaboración. Cuando se aunan la capacidad del torero de crear belleza y la del toro de someterse a este dictado los dos quedan engrandecidos.




Saber que llevas dentro verdad, te da una seguridad enorme

Nada mejor para tener, y perpetuar, una conducta que la confianza en uno mismo y en la bondad y/o veracidad de lo que se tiene. Es la coherencia en los actos. Por eso, Curro Romero cuando el toro que tiene delante no se deja mimar o no lo puede acariciar, opta por quitarse de allí lo antes posible.

Pudiendo hacer un papelito y taparse de ojana ante los pseudo-exigentes, más de uno berrendo en lelo, es capaz de soportar broncas y escandaleras -nunca humillaciones porque los que tiran rollos de papel higiénico se humillan a sí mismos-, con tal de ser fiel a su concepto.




Quieren que haga como el que hago, pero yo no hago como el que hago

Es la mayor declaración de autenticidad que se pueda oíir. La seguridad interna en su verdad interior le conduce a no tener que realizar ningún teatrito para poder seguir gozando del favor del público y de los profesionales, que son los que de verdad validan. No se trata de cumplir; la cuestión es otra bien distinta. Es poder realizar aquello para lo que sale a la plaza.

Curro, en el momento de contrato, se ofrece para crear una obra de arte si los toros se dejan. Eso es lo que pretende y todos lo saben. Si el enemigo no gasta las condiciones requeridas por Curro, no tiene por qué aparentar nada. El falso empeño es autoengaño y en el fondo, fraude para el público. Este a remate de cuentas se lleva lo mismo a su casa.




Esto es un arte y de grandeza, no es una guerra

La sublimación como mecanismo psicológico no es la negación de algo, es una transformación en algo superior. La Fiesta está preñada de lucha, entrega y pulso; mas hay veces en que esa dimensión puede quedar superada; verbi gracia por el arte. Así la Tauromaquia queda revaluada en la incesante búsqueda de una estética superior.

Sin duda que la lidia en su sentido estricto tiene mucho de armónico. Genera una cierta sensación emotiva y, por supuesto, bella. Mas ese atractivo queda disminuido cuando la emoción producida es consecuencia de la contemplación de una obra de arte. El reconocimiento del espectador es bien diferente para cada caso. En una se valora la destreza, el corazón y está en permanente presencia la sensación de riesgo. La emoción es la tónica.

En el otro caso no hay valoración, hay contemplación. Hay una situación casi de éxtasis y es el goce compartido la sensación predominante.




Más que en otras cosas, me fijo en las ideitas que tiene el toro

Para lo que Curro Romero procura es accesorio el volumen o puntas del toro. Corren días en que afeitar es la fruta del tiempo. Hay toreros que lo exigen como condición sine qua non y pocas son las plazas que pueden decir que están vírgenes en este asunto de la barbería.

Pues bien; Curro jamás se ha planteado la cuestión de las puntas. Al que sirve para lo suyo, lío gordo por astifino y ofensivo que sea. Si no entra dentro de sus esquemas, aunque lleve pitones de corrida de rejoneo, nanai de la China.

Son las "ideitas" las que convierten, o no, al toro en compañero de tarea. Y es que hay toros que tienen dos leznitas en las puntas y, de nobles que son, no saben para qué las tienen.




De no haber sido torero no sé qué hubiera sido, quizás pastor para estar en el campo

La base de la Fiesta es el toro. Sin toro no hay posibilidad de Tauromaquia. Es más, nació, casi desde los mismos orígenes de la cultura, teniendo como eje central el toro. Y, éste, tiene olor campero por donde que se le mire. Los vientos de crisis que actualmente soplan para la Fiesta son tributarios en gran medida de la quiebra de la cultura agrícola. La gente de campo es figura cada vez más escasa. La hondura de la sabiduría campesina, el sistema de relaciones que produce, la sencillez y lo primario de sus reacciones e intereses, colisionan con la cultura urbanita en boga donde prima la velocidad, la "rentabilidad" de los vínculos, la distancia física y psíquica y tiene abundancia de relaciones descafeinadas.




El torero siempre quiere estar bien

Desorientadillos andan quienes afirman que Curro torea bien cuando quiere. Por él, todas las tardes estaría enorme; lo que ocurre con más frecuencia de la que los curristas quisieran es que la materia prima que sale por chiqueros no se deja cincelar a gusto. Y si no es apropiada, ya se sabe, nada de "hago como el que hago..."




Tener miedo es señal que mi cabeza funciona perfectamente

Decía Luis Miguel Dominguín que el valor consiste en un miedo que vence a otro miedo mayor. Es impensable que un torero no tenga miedo cuando se tiene que poner delante de una feria. Si no lo tiene la cosa es de psicoanálisis.

En la plaza sufren los toreros de muchos miedos diferentes: el toro, él mismo, la responsabilidad, que le ganen la pelea...Mas cuando el miedo-valor vence al miedo-miedo se está en condiciones de torear. Entonces Curro se los pasa muy cerca y muy despacito después de haberlos cogido de largo; y tanto las plantas de los pies como el acompañamiento de cintura, indican que no está Romero en disposición sino de quedarme allí para seguir toreando.




Cuando tengo una tarde negra tengo una pena que estoy deseando vestirme otra vez de torero y expresar esa misma pena

El primero que siente una frustración gorda cuando el toro no embiste a modo, es Curro Romero. Los espectadores también y por eso forman los líos que forman. El torero siente también dolor por la gente que ha ido a verlo y no poder complacer sus deseos. Esa pena que poco después se torna en rabia termina convirtiendose en incentivo para torear bien la próxima vez. Ya se expresa otro elemento más, esa pena, sobre aquello que decía Rafael "El Gallo": "Torear es tener un misterio que decir, y decirlo".

Por tanto la tauromaquia según Curro Romero surge de una relación afectuosa entre un ser criado para sacrificarse como compañero y alguien capaz de hacer dulces los últimos momentos de su vida. Están unidos de forma indisoluble aunque no se conocieran previamente.

La seguridad en su concepción le ha permitido llevarse un montón de años sin cuajar una faena con la esperanza de poderla realizar en otro momento. El público lo entiende y lo espera. Porque cuando expresa sus sentimientos...
Luis García Caviedes
Curro Romero, Mito de Sevilla
Signatura Ediciones
2ª Edición, 1996


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