ANTONIO GARCÍA BARBEITO
Ultimos ensayos


La lengua helada del invierno ha quemado las yerbas que ahora tendrían que verdear todo el campo. Pero ha llovido algo, venteó y el sol besa yemas de árboles y plantas que se abren en flor como en una miedosa cita tardía con marzo. El encinar que salpica la dehesa no se atreve aún a apuntar su esquilmo, pero están en flor las puntas de los toros que esperan vespertinos amaneceres de clarines en el primer calvero urbano teñido de oro.

Están en flor las puntas de los toros, cuajan sus yerbas en la paciencia secular de la ganadería, y hasta allí llegan ellos, dioses en traje de faena, a medir distancias, a buscar sitios, a probar cercanías copulativas, a ensayar de verdad el juego de la vida, a familiarizarse de verdad con el peligro que después habrá de quedarse a solas con él en la tumbada esfera donde las cinco suenan en todos los relojes de la memoria.

Miedo en punto de la tarde y zumbido de enjambre en el tendido. Eso será después. Ahora íntima corrida, es la dehesa abierta, la voz de los íntimos, la propia inseguridad o la propia firmeza. Ahora es la hora de corregir, de enmendar, de saber que no es por ahí, que engañó aquella embestida o que las telas amoldan o no el viaje del bicho. Ensayos generales. No hay mentira en el toreo ni en la artificiosa ganadería de los carretones: siempre se descubren los fallos. Ni en el toreo de salón, por más que el aire sea pastueño y noble, y humilde. Esta verdad abierta del torero en el campo, probándose ante erales, no es cualquier cosa; es una verdad menos peligrosa, sí, pero tan cierta como la que se cita con un cinqueño.

Es el ensayo, y el ensayo tiene el mismo guión. Que el mismo guión, si se tiene verguenza torera, está escrito en las puntas afeitadas de los toros que asoman por las placitas de pueblo cubiertas de generoso aire festivo, humildes plazas llenas de público que va al toro como a una piñata. Seriedad de ensayo, sea el sitio que sea. El ensayo torero será siempre una seriedad que sabe que allí, entre él y el animal, habrá siempre un hilo mortal aguardando puntadas.

Corren, se encuentran, buscan ganaderías, procuran faenas sin más crónicas que la que el vuelo de las tejas deje escritas en el aire. Toreo de campo, tan verdadero, tan necesario, tan serio como el primero. Aguardan, atestados, los roperos de luces; aguardan tardes de hotel y de suspiros, de rezos y esperanzas. Ahora la verdad anda desnuda en las placitas de tienta, en las placitas de pueblo entre charangas y chiquillos curiosos y asombrados. Aquí, en el campo, ensayo general con todos los avíos. Aquí duele tanto como en otro sitio que un eral se vaya entero, que un arreón de la becerra descubra la mala colocación o que desde un burladero salga alguien a decir en dos tandas que no era así, que es así.

Sabe a feria de campo. Y es que ya, cerca del río, moneda de oro de más de dos siglos, La Maestranza aguarda una resurrección de lentejuelas que se deshojarán en brillos frente al sol de la tarde.


Antonio García Barbeito
Mundo Aparte
02/03/99
El Mundo



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